viernes, 1 de diciembre de 2006

Marche una sin fotos y sin «Flores»


Esto empieza medio académico. Pero no. Y todo por culpa del barrio de Flores (¡Hace poco le festejaron los doscientos años, al barrio! Eso me emocionó. Pero no, otra vez: para mí ese barrio de Buenos Aires es más joven que yo o es apenas una generación más viejo.).


Vamos por partes. Lo que parece académico, primero.


Allá por 2003 la editorial Paidós publicó con el nombre de La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía, la traducción al español de La chambre claire. Note sur la photographie por Roland Barthes que había sido publicado en París en 1980 por Cahiers du Cinéma, Gallimard, Seuil, pocas semanas antes de la muerte de Barthes. Yo le dejo al prologuista todo el trabajo de decir cómo se inscribe este librito «en el universo de la semiología» y a Barthes muchas cosas importantes que por cierto dice, y que no se refieren al estudio de los encuadres o al juego de las luces y las sombras que están en cualquier manual. Qué va, para mí lo que resalta es cómo lo relaciono con mi berretín por un barrio.


Porque nos habla de asombros y fascinaciones. Barthes puso muchas hermosas fotos -blanco y negro- en su libro, pero no la «su» foto, la justa. Esta clase de fotos pueden tener hasta nombres difíciles, como ser una foto «surerogatoria», que yo no sé lo que significa, pero me parece que sí lo que quiere decir, y no porque él aclare que son fotos que ofrecen más de lo que cabe esperar de una foto.


Porque además no me interesa todo lo que le pasaba a Barthes con la foto de su madre niña en el invernadero, haciéndose acompañar por Nietzsche, Baudelaire, Brecht y tutti cuanti. Lo que me interesa es lo que me descubre: que hay imágenes que se dirigen como una flecha a nuestro centro más profundo, y nos cautivan, nos atrapan para no soltarnos, nos dejan vagando en una nebulosa de encantamientos de los que por cierto no conocemos el motivo. Nos llevan como un imán a «otro» tiempo. En caso de foto, puede ser tal vez una borrosa y deslucida, pero a su lado la toma más deslumbrante del mejor maestro será un pigmeo del arte fotográfico para nuestro sacudido corazón.


Agrego que esto también sucede con ciertos nombres, con ciertas frases, con ciertos enlazamientos de imágenes. Claro, sí, también con olores, lo sabe todo el mundo después de las magdalenas de Proust.


A mí me pasa con ciertas fotografías familiares -«familiares» es un término muy vago, pero dejémoslo ahí- que no voy a sustraer como sustrae Barthes «su» foto, porque no me detiene saber que a otros no los va a cautivar, no me resisto a verlas aquí también. Va a ser como adornar con una aureola de encantamiento, una lluvia de estrellas y música de ángeles, estas paginitas, y ese gusto no me lo voy a perder.


Además, quién sabe. Quizá a alguien alguna de mis fotos le puede traer algún rastro, olor, resonancia, de otra foto mágica suya y nada más que suya. ¿Acaso cuando Alfredo Le Pera escribió «Era... para mí la vida entera...» o «Todo todo se ilumina... cuando ella vuelve a verte» y después vino Manuel Puig y lo repitió en su novela, no nos mecieron en nuestros propios ensueños?


Algo así me pasa con el bendito barrio de Flores, con su calle Gavilán, por la que hace tanto tiempo que no camino. Decía que el barrio es más joven que yo, porque nació para mí cuando yo era una mocosa, o es una generación más joven, porque me lo hago con mi madre casi chiquilina trajinando sus calles adoquinadas. El de las gentes de clase media que iba a los teatros, barrio querido, y de las señoras que usaban sombrero aunque fueran pobres (aquélla era una pobreza linda, tan linda), y las casas con madreselvas en los tapiales o geranios en macetas en los balconcitos. Sí claro, la época de los tangos, tan fatigada ya hasta el hartazgo, lo cual tampoco me importa un pepino.


Como esto va para largo, cortamos aquí. Hoy no hay fotos, de las que me gustan tanto.